Poemas de Ignacio Zacarías
Piedra del jardín
Sobre el mueble barnizado del comedor,
están todas las fotos que mi abuela guarda
de los niños de la familia; sentados
sobre la piedra de su jardín
—casi no queda espacio para otra cosa—.
Siempre nos causó gracia mi foto:
miro a la cámara, chupando una mandarina
pequeña —la sonrisa
abierta—, la fruta jugosa
tiñe mis labios, y brilla
con tintes naranjas
la luz de ese mediodía.
Aquella es una piedra emblemática.
En mis tiempos,
jugábamos a intentar descubrir
qué tan ciertas eran las leyendas,
las bromas y los comentarios
que los adultos repetían: mucho antes
guardaron valiosos objetos debajo
de esa piedra. Se fantaseaba
sobre ideas de lo escondido
por la abuela. Por eso,
como de niño nunca se sabe
qué tan ciertas son o no las bromas,
jugábamos a moverla.
Una vez entre tres la levantamos apenas,
y al volver a caer —en el golpe—
nuestro logro me dio miedo,
inmediatamente. Sentí cercano
el final de un juego, en el que creía
a la piedra emblemática inamovible,
como nos habían contando. Un juego
donde me divertía haciendo en vano,
lo que quería imposible.
Pero resulto mucho más liviana
junto a otros. Rompí mi ilusión,
preguntándome cosas serias, luego:
¿y si esa piedra estuviera hueca?
—¿qué le crecería debajo o dentro?—
¿y si fuera una realista imitación
y no una piedra? —¿cómo saber que no
guardaba algo?— ¿y si al final
las bromas eran muy ciertas?
Aunque haya crecido, me sigo preguntando
sobre esas ideas de lo escondido.
Quiero saber cuánta verdad había
en lo que nos contaban,
sobre todas las cosas. Quiero indagar
sin desvelar nunca el misterio
—que es algo así como
poder devorar las frutas desde dentro,
dejando intacta la cáscara; y
que te queden los labios brillando
por el jugo, sonriendo—.
Crema
Relamías la crema rebosante,
en las brillantes espátulas metálicas,
luego de batir la mezcla para el postre.
Saboreabas sin entender qué
buscabas, solo con el deseo
de querer más, y llegar
a cada esquina inaccesible
de la mezcla primigenia. Probar
cada espacio dulce —oculto
por la estructura metálica
de la espátula— de la crema.
Tu boca terminaba por teñirse.
Hablabas con los labios blancos
de la crema suave, moviendo
debajo los labios reales.
Los dejos amargos,
propios de la mezcla,
también te encantaban
catar al fondo del paladar
—esos restos que encontrabas
al repasar cada rincón—.
Flexibilizabas tu boca para saborear mejor
los recovecos más dulces —devorar mejor
toda la mezcla primigenia—. Alcanzabas,
solo con la punta de tu lengua,
a lamerte las comisuras, y
no dejabas rastros. Limpias quedaban
también las espátulas, listas
como para guardarse de nuevo
como si nada hubiera sucedido,
como si nadie hubiera
hecho algo —solo por el goce,
relamías hasta tu propia lengua—.
Macetas y Raíces
A la esquina silenciosa me mandaban
en penitencia,
como forma de castigo. Estar callado,
al lado de las macetas, era mi condena.
Entre plantas desconocidas, durante horas,
me quedaba observando las raíces
que sobresalían de la tierra seca.
Mascullando por dentro
aprendí a no responder.
Si quería hablar, dar mis razones,
justificar los méritos, el chistar
era la respuesta que trababa la palabra
en mi garganta. Observaba las raíces
por eso. Imaginaba cómo crecían:
avanzando lento, por dentro
invadiéndolo todo,
a oscuras, en silencio.
Casa de amiga
El golpe
de la tele prendiéndose —como un cuerpo que cae
en zambullida—
nos asusta, y abre
la hora de la merienda:
crujir de sillas entre manos inquietas,
mantel bordado debajo de los objetos,
que van tapándolo poco a poco.
Las manos del padre con nudillos rotos,
se sientan primero a esperar.
Las cacerolas bullen. El trajín de la madre
—sin levantar la cabeza— a gran velocidad
arma la mesa, entre tumultos.
Los dibujitos de fondo
que nos distraen. Sobre las sonrisas
de mi niñez y de mi amiga.
el rojo rojo
de la salsa con fideos.
Comemos, y al terminar
seguimos el juego: perseguirnos.
Los golpes de pies descalzo
corriendo en la madera,
retumban como un barco
golpeado por la marea.
Ruidos secos que penetran
en el silencio, destruyen
la siesta a cada golpe,
a cada paso. Entonces
nos detenemos en esa puerta:
el cuarto prohibido entrar,
ese que jugamos a suponer.
Como ojos ante la inmensidad
incomprensible, chocamos
contra la hoja oscura, gigante,
descascarada
por dentro. Los golpes
de los pasos que se frenan,
quedan retumbando en el eco.
Segundos luego, los estallidos,
frente a esa puerta —cual mar
que golpea,
y que golpea,
con toda su fuerza
sobre un barco encallado—,
se apagan.
Nube gris
El día instila su gota china.
Hace semanas que no puedo salir
al jardín. Afuera, otra vez
está la advertencia del día,
parece que va a llover:
solo una nube cubre al sol,
es tan grande que vuelve gris
todo el cielo. Amenaza con llover
hace semanas, y sigue sin caer
una gota. Se parece a “una necesidad
sin sensación”. No hayo palabras
más claras para decirlo:
estas cosas en este encierro son
una necesidad sin sensación.
Gorriones
Y me quedé esperando,
mirando
las hojas ir y venir,
las mariposas roposar.
Mirando
los gorriones, —esta mañana
cantaban como lastimándose—
pensé:
no hay ningún lugar feliz,
ya no hay ningún lugar.
Vaso de cristal
Con los párpados enrojecidos
miro: abandonado en la ventana,
un vaso de cristal agrietado
que no se ha partido aún.
La fina linea de la falla a lo largo
cruza el vaso a la mitad, sin romperlo
tal a un rayo congelado en su impacto.
El sol que entra centella,
emulando un prisma
la grieta me hace ver:
sobre la pared del costado,
con su espectro colorido
brilla descompuesta la luz
—el regalo del asombro—.
Absorto observo
la linea hermosa de siete colores,
el sol en mis ojos, ahí.
—Extiendo las manos hacia el cielo,
espero que las nubes curen mis heridas—.
Flor china
La flor china lentamente crece,
al otro día perecer
¿qué otra cosa puede hacer?
Entre tanta labor y distracción,
acumulada por los años, más difícil
se me ha vuelto descubrir el momento
en el que comienza el vigor
del brote. Me cuesta imaginar
el esplendor, que llenará mañana
de color el jardín—. Los pétalos
veo caer de golpe.
Marchitos en la tierra,
me es engorroso barrer los restos
dando me cuenta que me he perdido
tantos floreceres. Hoy,
bajo su sombra me siento,
me predispongo a escribir
nuevamente —veo un capullo
que quiere asomarse— . De donde estoy,
no pretendo moverme. Todo el día
voy a escribir —estoy convencido,
veré nacer el momento otra vez,
hoy— ¿qué otra cosa puedo hacer?
Mariposas blancas
Camino entre el jardín, cargando
las ruinas del ánimo. Arrastro
con pies pesados la tierra
marcando surcos detrás.
Debajo de la parra,
me quedo.
Mariposas blancas
empiezan a rondarme,
posándose de a una sobre mi cuerpo.
Como queriendo que me vuelva yo
una flor más.
Jardín
fuera cual fuese mi lugar en este jardín
no era ser lo que yo siempre había sido
Mary Oliver
En el fondo de todo sigue el jardín
—aquel que no veo hace tiempo—.
La piedra emblemática, la parra,
las flores —de las que aún no aprendo
los nombres— el árbol, siempre ahí
coposo; todo escondido debajo
de la maleza.
Camino con los ojos maculados
por la tarde. Tocando sus altos pastizales, noto
las sutiles diferencias de cada hebra —esas
que me llevan a vagar— entre mis yemas
las huelo. Sobre la palma abierta
las acerco a mí. Busco más,
caminando en círculos,
mirando fijo. La infancia regresar
a cocer la curiosidad a mis ojos,
y la ignorancia
hace que la luz de esta tarde se sienta
una maravilla, en cada momento
—había olvidado cómo era
sentir eso—.
Se abren las flores nocturnas,
como en un jardin lunar
brillan. Mis deseos, ondeando
reaparecen en el tintinear
del silencio
—ahora lleno de mi—. Trémulo
poso cada dedo en los pétalos,
sobre esas flores logro sentirme
aún con vida —tantas palabras
que se me apilan—. Como a malezas
comprendo ahora al tiempo y al dolor:
aquello que arrancamos para sanar,
—pero que regresa— para proteger
lo que todavía esta creciendo.
Ilustración de portada: La arqueología del oficio (2019) por Sair García.
La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular
Ignacio Zacarías, nació en Lanús en 1996. Licenciado por la UNLP, es profesor y editor audiovisual.
Formó parte de la antología Ver qué pasa allá afuera. Poesía 360 (Editorial Gali Arte). Ha autoeditado los fanzines Bonitos Bomitos (2022) y Época de drogas duras (2023).
Es tallerista en Centros Cerrados de menores en el proyecto “De los Muros a la Acción”.