Ilustración de entrada: Sin título (1967), Manuel Espinosa
La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular
Poemas de Marianela Soto Moncada
NOSTALGIA DEL SUR DEL MUNDO
Nada tengo de Reyes ni de Rojas
Y de Parra ni una mísera hoja
Acaso la tierra mojada infiltrándose en mis raíces
La soledad hilvanada a las prendas de la infancia
Un gajo de otoño: sinfonía y remembranza
La fragancia antojadiza del eucaliptus
Las cavilaciones del viento
La revolución de las amapolas
Olorosos almácigos de cilantro
Desvencijadas techumbres
Braseros malheridos: cunas cenicientas
Clamor de hualles y pellines
Un jardín en espera de septiembre
Poruñas, callanas, serpentines
Solemnes araucarias: altanería heredada del silencio
Humedad anochecida: nostalgia del Sur del mundo
SIEMPREVIVA
Amor, mucho amor, siempre amor
Mi siempreviva, mi cuna silvestre
Amor eterno, inequívoco amor
Tu boca es de luna
Surte mi alma tu sonrisa primigenia
Anidan mis manos en tu regazo
En tu cuello mis besos primeros
De ti emergen mis raíces imparables
Y surgen como pétalos mis audaces años
Veranos de durazno, tardes de cereza
Relojes parpadeando en mitad del cielo
La primavera contigo, mi bella hortensia
Contigo mis cabellos crispados como dalias
Llovizna y arcoíris, jugarreta y zalagarda
Contigo rojos cardenales y ligustrina acicalada
Tú, almácigo sagrado: puelche y vergel
Tú, escampada de aguacero
Relámpago sin aspaviento
Soplo fulgurante en mis noches sin tregua
Inviernos a tu amparo
Y en las postrimerías de tu último otoño
Contigo el cauce de todas mis mareas
VAIVENES DE CRISÁLIDAS
Me calma mirar el cielo
Escudriñar horizontes más allá
Del lastimoso alcance de mis ojos
Atendiendo a sus blancas redondeces
Descifrar en las nubes arcanos y misterios
Entonces pasan danzando los años
Dedales de oro, vaivenes de crisálidas
Los despreocupados veranos de mi infancia
Y las tardes a la sombra del duraznero
Noches de zinc y blanda cabecera
Entre los castaños el tránsito
Antojadizo de las luciérnagas
Sobre los cerros un poncho
Agujereado de estrellas
Me calma mirar el cielo
Que al tiempo del crepúsculo ofrenda
Su magno abanico de carmines
Inclinada al poniente mi esperanza
Entre arreboles imagino futuros vivos
Para engatusar a la muerte que me ronda
VERSOS A MI MADRE
Amenaza de los días idénticos
Asedio de la muerte presentida
Nube y pájaro
En que viento y vuelo dibujan
La indeleble tristeza
De las pilchas olvidadas
Rostros y nombres
Que entreverados se encumbran
Clamor de la memoria que persiste
Sosegados vocablos
Sílabas tardías
Y el eco de la palabra
Más allá de la boca
Resonancia que clava
En mis oídos la certidumbre
Y dibuja en mis palmas
Los acostumbrados verde oscuros
Reveses del paisaje
Turbada pulcritud del mediodía
Horas quietas
Endebles coronas de humo
El tiempo más allá del almanaque
Y el invierno salpicando
A porfía esta humedad silvestre
Concordancia de los pasos
Serpenteantes collares de la tierra
Y mientras tanto tú
Mi resplandor errante
Mi áurea grandeza:
Ostensible asombro al que me aferro
AUTORRETRATO
Soy poeta autodidacta
Fumadora social
Dura de sonrisa
Fácil de lágrimas
Hija natural sin culpa
Hermana en proyecto
Madre por naturaleza
Confidente por derecho propio
Provinciana en los orígenes
Ciudadana por vocación
Leo cuando tengo tiempo
Escribo cuando estoy triste
No soy heroína de cabeceras extraviadas
Ni escribiente de buena vida
Soy alfarera y reina en mi propio universo
A ratos una cabellera sin corona ni horizonte
Anclada de los pies mal que me pese
Siempre quise volar
Aunque no supe bien a dónde ni muy bien para qué
Enredándose por antojo
A la menos provocación quisquilloso
Mi cabello siempre tuvo vida propia
A fuerza de recomendaciones cercenado
Cierto día -a los dieciocho- gritó ¡Basta!
Creció imparable hasta la ribera del corazón
Allí donde se enredan otras voces
Y se entretejen otras hebras
Desbordado
Loco a entretelones
Saltarín y esquivo
Mudo y solemne
Como solemne el vientre que a gritos se derrama
Testigo murmurante de sinuosos recovecos
La vida más allá de las rodillas
Más allá de los muslos la fragancia
Aquí me quedo
-Por este momento al menos-
En este nido bermellón y tibio
Debo parirme a mí misma
¡Tengo que nacer tarde o temprano!
CAMPANAS Y RELOJES
Me gustan tus ojos
Que al estrépito
De tu sonrisa se cierran
Como dos tímidas cortinas
Australes chilcos hay en tus manos
Que bambolean y despiertan
La mirada que tras ellos desnuda
Horizontes y matorrales
Dulzor de temblorosas uvas
Adivino en tus labios
Hacia los míos la delicia
Insospechada y resuelta
Cuántos caminos desandados
Lóbregos senderos
Con la humedad golpeando
-Gota a gota, paso a paso-
Hasta encontrar lo que había
Olvidado que buscaba
Susurros en que el universo
Entero te nombra
Y el silencio desiste
De su empecinado propósito
De confabulaciones e intrigas
Cuántas tardes de otoño
De deslavado arcoíris
Con la vida zurcida a entretelones
Para atribuirme la sorpresa
De hallarte sin más ni más, como si nada
Pálpitos en que mi piel
Trémula te espera
Bajo el influjo de un sueño
Que recupera el canto invencible
De campanas y relojes
OTOÑO COMO ENTONCES
Atraviesa el aire mi voz
Para nombrarte una vez más
Tardías sílabas penden de un hilo
De la memoria se descuelgan
Como racimos los recuerdos
En la piel guardo todavía
El suave tacto
Tu fragancia errante
Dibujando palmo a palmo
Mi trémula silueta
Guardo la luz del sol
Acariciando generosamente la tarde
Y el roce imperecedero
De mis brazos rodeando tu cintura
El minuto en que se estrella
En tu pecho el eco primerizo de mi suspiro
La dulzura del beso que encuentra
En otros labios su remanso
El abrazo que aquieta
En otro cuerpo su locura
Mientras el vuelo de un cernícalo
Se curva en el cielo
Mi voz estampa en el aire su quejido
Es otoño como entonces
Otoño de aguda brisa y arreboles
Desata el crepúsculo sus vaivenes
Y los girasoles despliegan
-Al unísono- su flamante ropaje
Complicidad de copioso verde:
Corolas de oro entre las sombras
LA DULCE MIRADA
Una canción me asalta como un recuerdo
Azaleas, fucsias, cardenales
Alborotados notros a contra cielo
Y en un misterio indescifrable
Tus años encumbrando bondades
Reconozco los acordes
Que hacia el sur se propagan
Castaños que nuestros pasos
Probablemente rodearon
El Maulén eximio en su ropaje:
Cerezos a destiempo coronados
Inviernos de escarchada certidumbre
Coigües de copiosa primavera
Digüeñes
Nalcas
Arrayanes
Y desde las alturas
El Donguil precipitando sus vaivenes
Tu sonrisa florece y enciende
Sin saberlo la dulce mirada
Una canción, entonces, un recuerdo:
Luciérnagas de acompasado tránsito
En mis noches de febrero
Magnolios esgrimiendo
Más allá de los faroles sus copas
Y en la penumbra
Las Tres Marías ataviando el infinito
PULSO SILVESTRE
¿Dónde estabas?
A veces me pregunto
Y te imagino alegre
En los parajes de mi infancia
Adivinando en la hierba
Los ancestrales destinos
Descifrando en cada paso
Los misterios de la espesura
¿Dónde estabas?
Replico y se arremolina mi voz
Mientras tu risa no es más
Que la rotunda corona del silencio
Premonición y tránsito
De las aves migratorias
Susurro del trigo
Que al mandato del sol se desgrana
¿Dónde estabas?
Sino en alguno de mis sueños
Inadvertido en una esquina
De mi tibia desventura
Entre las araucarias
La insospechada presencia
El pulso silvestre del agua
Haciéndose canción
¿Dónde estabas?
A veces me pregunto
Y enhebro en estos versos
Como en un viejo cuento las respuestas
MAYO VEINTICUATRO
Rehuyéndole al invierno
En otoño llegué prematuramente
Estrellando mi existencia
En la de mis padres veinteañeros
Clamor del frío por las calles
La niebla resonando en las esquinas
Y en el cielo las nubes
Balbuceantes de lluvia
Llegué en otoño prematuramente
Tiempo errante del cual no guardo
(Des) afortunadamente ningún recuerdo
Todo cuanto aquí consigno
Es lo que otros me han contado
Criaturita de abundante pellejo y lanugo
Un kilo ochocientos de escuálido vigor
Vida de incierta esperanza para algunos
Para mi madre desazón y porfía
En su pecho como en un nido
Entibiándome su aliento el trinar
Bocanada y relámpago
Piel de lágrima:
Su infatigable-desnuda-tempestad
Primaveras que el tiempo enraizaba
Grosellas que en la boca
Liberaron su verde estruendo
Devociones, uvas y pancartas
Mis abuelos: venerados jardines de mi infancia
Veranos de sandía y bicicleta
Quietud de las muñecas en el patio
Y frente a la plaza, año tras año,
Innumerables tardes de escuela
La paciencia de mis tíos
Consolando mis pesares
Y así la vida –avanzando-
En su inexorable comparsa
De ángeles y fantasmas
Bondades a manos llenas
Virtuosos besos que en mis mejillas
Su dulzura salvaje guardaron
Infierno que el paraíso destierra
Para nacer en cuerpo y alma
Para vivir en carne y poesía
Marianela Soto Moncada es una poeta chilena autodidacta, nacida hace cincuenta y seis años en Gorbea, Región de La Araucanía.
Es Educadora Diferencial y posee un genuino compromiso con la cultura y el arte. Se desempeña como recepcionista del Museo de la Solidaridad Salvador Allende, en la ciudad de Santiago.
Publicó su primer poemario independiente Guijarros & Perlas y destaca en diversas antologías y revistas de distribución internacional, consolidándose como una voz latinoamericana emergente.