Ilustración de entrada: Hundimiento del Santos Vega (1946), Benito Quinquela Martín

La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular

Poemas de Diego Alfaro

I

Cada vez que miro a la ventana
con los ojos hago estrellas y camino
Tengo todo el tiempo de la tierra

Y aun así

Llego tarde a todos lados
y en todas partes
muero y revivo un poco
para volver a nacer y morir un poco

Sin tener preocupaciones.

 

II

He perdido la esperanza
de satisfacerme en la violencia
elástica del mainstream

Y aunque tengo la manía
de encontrar ridículo
el glamur de lo divino

Reconozco la inocencia perversa
de una rosa cuando muerdo sus espinas
sin medirme los colmillos

Creo en la trascendencia
del alma sobre el cuerpo
del cuerpo sobre el pasto
del pasto sobre el alma

Y mi corazón, tan solo hecho de belleza diluida en ácido
        sulfúrico
No entiende de sabores ni delitos que no deban señalarse
        con los ojos apretados
y los órganos abiertos como amplios tragaluces dispuestos
         a la suerte química del polvo

Yo asimilo las cosas como son
con la madurez abstracta de un niño
que asimila el gozo de una herida cauterizada

Sin huir como se huye
del pánico epiléptico
a una puerta giratoria

No todo es tan malo.

III

Es extraña la sorpresa
que conmueve y espanta
con la misma habilidad
de un paisaje disecado

Aunque sepas el ángulo preciso
donde surge la hemorragia
lejos como simples espejismos
colocados uno encima del otro

He probado el asco posterior
a inflarse el pecho con estafas
Seguido del colapso en tonos sepias
y la calma olímpica de una mantis religiosa

No sin antes apreciar
las pequeñas grandes maravillas
de la vida, por ejemplo:

Una revista porno destrozada
bajo un puente
y un vago dándole pelea
a todas las palomas del mundo

escupiendo al suelo
con los ojos oxidados
Si no fuera por mi cálida fortuna
Y la costumbre de evitar hallar refugio
en la nostalgia curva de escenarios eventuales

Quizás en qué terminaría.

 

IV

Aun al tanto de lo inútil
voy a tatuarme los rincones
donde el viento llega apenas

Para volver al vientre
sin quitarme los zapatos
negros por el barro

Antes de olvidar el rito
de la noche envuelta
en cintas de embalaje

Ese es mi secreto.

 

V

Tengo la impresión
de conocer la taxidermia
de las viejas novedades

No quedan victimas
audaces cuando el sol
asoma su sombrero

y la amnesia es una práctica
habitual para quienes
comprobaron su eficacia

en cada rostro combustible
de animita, salpicado de ternura
Todo sigue su curso

Incluso la sutil emanación
de un gesto como evidencia del vacío
y la vida es una lata de jurel San José

A veces, solo a veces.

Diego Alfaro Haefner (Santiago de Chile, 1996) cursó Licenciatura en Historia en la Universidad de Concepción sin terminar.

Rebotó en varios trabajos esporádicos hasta aprender el oficio de orfebre, el cual ejerce actualmente en el sur austral.