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Beatriz Vignoli
Rosario, Argentina (1965)

Morir, soñar, morir de algo que nombra

 

“Era entrar a una masa orgánica como en las
                                                                              películas de ciencia ficción cuando llegan a
                                                                              un planeta desconocido y se encuentran con
                                                                              una sustancia enrarecida, un humo negro muy
                                                                           pesado que flotaba como una masa orgánica que
                                                                              no volvía atrás, impiadosa, que no dejaba nada
                                                                             de aire para respirar… la sustancia se imponía a
                                                                              uno, no se podía invadir sus fronteras.”


Omar Emir Chabán,

Declaración indagatoria
en carácter de ampliación,
Poder Judicial de la Nación,
Buenos Aires, 8 de junio de 2005.

(Soliloquio del empresario excéntrico)

¡Morir, soñar! ¡Morir de algo que nombra!
¡Morir doscientos! ¡Morir de media sombra!
¡Morir de algo que nombra el claroscuro!
¡Yo que hice todo para que la noche
fuese una masa de eternidad bendita!
Media sombra me nombra: mi yo ignífugo.
Omar Emir Amor: prófugo ignífugo,
Pan de poliuretano en las alturas.
¡Yo, que fundé el desierto!
¡Yo que oí, como Juana,
voces antes del fuego!
Yo interpreté el susurro de la seda
que sólo a mí me hablaba.
En mis manos, las rutas de la seda,
las rutas de la nada.
Nací para la música del tiempo
y hoy soy la nube negra:
Omar Emir, poeta y asesino.
Aduzco mi inocencia.
¿Por qué me toca ser zombi de los días
a mí, el efebo de la noche clara?
¡Yo fui el abismo azul, Su Señoría!
¡Yo, ellos, mis estrellas de chatarra!
¡Con hilos de coser hilé su gloria!
¡En mi emirato de tafeta me sentaba
con mi manto de colas de ratón!
Les avisé. ¿Por qué no me escucharon?
Un monje fui en mi celda de autoflagelación.
Yo los amaba con mi alma ignífuga:
un átomo de sed, dos de carbono.
Pasto del Mal, yo los rescato en sueños.
En mis sueños los cargo en mis espaldas,
corderos del adiós. Yo los quería.
Un reino les creé, de plastilina.
Ardió. No tiene nombre. Lo tenía.
Yo los llevé al no ser. No los maté:
los amplié, los cerré. Los transportaba.
Soy San Cristóbal de lo que ya no vive,
de lo santificado por la muerte;
vadeé el infierno, créame. En mis sueños
yo los quería. Yo forjé la materia
de su martirio. Lo supe. Lo lamento.
Me yergo como un Cid, muerto en el trono
y a la melancolía del cianuro
Su Señoría, no me la perdono.


(De: Lo gris en el canto de las hojas – 2014)

Wystan Hugh Auden
York, Reino Unido (1907 - 1973)

Funeral Blues

Detengan los relojes, corten el teléfono,
no dejen que el perro le ladre a su hueso,
silencien los pianos y con un tambor sordo
saquen el féretro, que pasen los dolientes.

Que los aviones circulen sollozando y escribiendo en el cielo
el mensaje de que está muerto
que las palomas lleven crespones de luto,
que los policías se pongan guantes negros.

Él era mi norte, mi sur, mi este y mi oeste,
mi semana de trabajo y mi domingo de descanso,
mi mediodía, mi medianoche y mi palabra y mi canto;

Creí que el amor duraría para siempre: me equivoqué.
Ya no quiero a las estrellas, apáguenlas todas,
empaquen la luna y desmantelen el sol,
vacíen el océano y corten los bosques,
ya nada puede darme algo bueno.

José Watanabe
Laredo, Perú (1945 - 2007)

La piedra alada

EL pelícano, herido, se alejó del mar
                   y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
                                 de una danza.

 

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
            huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
                                      Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
          como si fuera un cuerpo.

 

Durante varios días
            el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
                          pero no hacerla volar.