Poemas de Gustavo Lozano

Cuando la tarde se deshizo
Las ramas dejaban caer
su sombra en retazos.
La luz temblaba
           sin encontrar el camino.

Una calandria cruzó hacia el norte.
La otra, se perdió por el sur.

El gurí avanzó
siguiendo el rumbo de una hoja
que caía
            como una señal.

No supo
que estaba perdido
hasta que la tarde se deshizo
y el monte
se cerró detrás suyo.

Años más tarde,
desorientado entre otros árboles,
volvería a aquella escena.
Comprendería
que esa vez el monte
le había quitado el rumbo
para obligarlo a aprender a escuchar,

a medir cada paso,
a reconocer los aromas
y aceptar
que no cualquier camino
conduce a la salida.

El traductor de los pájaros
El gurisito deshilacha la tarde 
a la espera del abuelo
que se adentró en la cosecha.
Escucha con atención
escribe en un cuaderno
lo que entiende 
del canto de los zorzales. 

Cuando el abuelo regresa 
la espalda
cruzada por el día
él corre a su encuentro 
se enreda entre sus piernas
como un ritual repetido.

Al llegar a la sombra del sauce
el viejo
hace cuenco con las manos.
Toma agua del arroyo
se friega la cara
y escucha con atención
los poemas 
que, al gurí,
le dictaron los pájaros.

La curva del arroyo
Mi padre eligió el sauce donde íbamos a acampar.
Mamá tendió una lona
                         atenta a mis movimientos.
Yo fui derecho al arroyo
                         con el mojarrero.

Papá rodeó la orilla
                        y se perdió
en la curva del arroyo
                        el sol movió la sombra.

Sin embargo,
los zorzales no cesaron su canto
y el viento desparramaba
panaderos.

Hoy, desde el poema
intento contar
la parte que no quedó en imágenes.

Mientras mamá me mostraba
el vuelo de un picaflor,
yo pensaba
cómo le contaríamos a los abuelos
            que papá se había caído
            en la parte más honda,
            donde estaba la olla
            y los bagres más grandes.

Y me acordaba de Nico,
que nunca conoció a su padre,
que andaba de acá para allá con sus tíos.
Y yo imaginaba
cómo sería salir del colegio
sin que nadie me espere.

Cuando los bichitos de luz
se reflejaban en el arroyo
y una nube de mosquitos
                         zamarreaba la tarde

vi a mi padre
asomar por la curva
cargando la bolsa
                         llena de bagres.

Mi padre y el jilguero
Después de mucho pensarlo
un buen día mi padre
decidió liberar al jilguero.

Quitó la puerta de la jaula
y llenó los tarros
de agua y alpiste.

El jilguero voló,
pero no se fue del jardín.
Entraba a comer
y volvía a su rama
en el limonero.

Pronto llegaron los gorriones,
los chingolos.
El árbol empezó a poblarse
de pájaros atentos,
esperando su turno
para entrar
a una jaula.

Chiquitas e inútiles
Hay unas flores chiquitas
violetas
que insisten en crecer
en los campos abandonados.

No sirven para gran cosa.
Las pisaba
al salir a buscar algún nido con pichones
o mientras corría con los perros
detrás de la vaca
que se salía del sendero.
Una vez
una nube cubría la mitad del campo
y en la parte soleada
reventaban de color.

Quedé viéndolas largo rato,
había algo, que no supe traducir.

A veces manejo por la ruta
y están ahí
para recordarme
que la memoria también es maleza
y que las flores, como los recuerdos,
no piden permiso
para volver a ocupar su sitio.

Un verdor
Un verdor se refleja en el arroyo.
Debe venir de la luz
que se cuela entre las hojas
o de alguna teoría del color que desconozco.
El reflejo no copia las hojas del árbol:
las traduce.
Y como sabemos,
en la traducción se pierden cosas.
Me inclino sobre el agua,
buscándome.
Pero el reflejo no me representa:
da su propia versión.
Me muestra más viejo de lo que esperaba,
pero no se disculpa por ello.
Lo miro con insistencia
hasta que me hace una seña
para seguirlo
hacia donde nos arrastre la corriente.

Un silencio húmedo
Después de tanto ruido
queda este silencio húmedo.

La respiración del monte
va acomodando sus sombras.
Las ramas, todavía tiemblan
hacen memoria del viento.

Los pájaros regresan primero:
leen antes que nadie la calma
prueban el aire
lo habitan.

Yo los sigo.

Vengo con el cuerpo cansado
de luchar contra el vendaval.
El rayo, en cambio
dijo lo suyo
en apenas un destello.

Entonces alcanzo a escuchar
lo que el monte repite
cuando uno vuelve a escucharlo:

No hay herida
que no pueda volverse nido.

La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular

Gustavo Lozano (Concepción del Uruguay, Entre Ríos) es poeta y fotógrafo. Publicó el poemario El sol entre los cardos (Halley Ediciones, 2025) y participó en diversas antologías de poética y narrativa. Su escritura trabaja el vínculo entre paisaje, memoria y experiencia sensible, con especial atención al territorio del litoral.