INVITADO ESPECIAL
RODOLFO EDWARDS

La siguiente selección de poemas son todos textos inéditos del autor

La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular. Recomendamos, en todo caso, utilizar la pantalla de forma horizontal.

EL ARRASTRE

traigo de arrastre
la canción antigua
la oración perfecta
plegarias de manual
una medida adecuada a todo

PIBITO

desde la ventanilla del 64
veo a un pibito parado
en la puerta del conventillo:
soy yo mismo
50 años antes

LA CONVERSA

me quedé solo en la playa
y el mar me dio conversación

MANOS

en el bar trasnochado
puse mi mano
sobre tu mano
y sobre mi mano
pusiste tu otra mano
y así seguimos
mano sobre mano
hasta que nos quedamos
sin manos y entonces
pedimos al mozo
otra vuelta de manos
y nos emborrachamos de manos

sin separarnos mas

LA DERIVA

la deriva me deriva
donde me devoran
me carcome la cáscara
no se abstiene ni saciada
la bicha sigue la síncopa
revirada redobla números
se envilece de riquezas
muerde margaritas
hiere la zarza
deforma la forma
grela de la atmósfera demente
quiere saber los colores
para tatuar la piel de los muertos
ovilla su mente detonada
expandiendo desastres
variantes de maldad añeja
volutas de humo
donde hubo el fuego
sagrarios en vano
abortos del tiempo

UNA RAZÓN

miro al cielo
buscando una razón
pero todo es como es
y no hay nada que hacerle
habrá que hacerse un enema
una gárgara de aguarrás
una purga fantástica

SAQUE OTRO TURNO

ataque retruque germine repique redoble
retome insista moleste celebre brinde cante
sigasigasiga
que nunca decaiga
rebélese
no se archive
muéstrese tal cual
fracase
no se rinda
saque otro turno
no se achique
no se amilane
tírese a la pileta
grite de guerra
rompa el acuerdo
ataque a mansalva

VAN DER GRAAF GENERATOR EN MERCADO LIBRE

el dealer me vende
algo que necesito
imperiosamente
y al verme alegre
y regocijado con la compra
comparte mi euforia
y luego de entregarme
el producto
nos damos un abrazo
interminable
en Acoyte y Rivadavia

PUCHA DIGO

hice un firulete
un malabar
una vuelta carnero
la vertical

pero no estabas mirando

EL BAILE

no dejo tranquilas a las palabras
las hago bailar toda la noche
hasta que
cansadas
me entregan un poema

"Yo creo que la poesía es para usar, es algo que tiene que ser usable, como un plato, como un vaso, como un cuchillo, un tenedor"

Conversando con el autor

Abordemos, en primer lugar, tu obra literaria. ¿Cuál dirías que es tu principal propuesta (o apuesta) al momento de escribir?

La apuesta básica es que siempre cuando escribo trato de leer mis poemas en voz alta. La apuesta es siempre llegar a la mayor cantidad de lectores posibles. Yo quiero que el poema se entienda, que no sea muy rebuscado, que no sea hermético. Que tenga profundidad pero a la vez que utilice palabras simples y construcciones simples. Por supuesto que explotando toda la profundidad posible pero siempre con un lenguaje claro y directo.

¿Buscás que haya una simbiosis entre la lectura oral del poema y la lectura?

Exactamente, yo siempre le pido a las palabras que suenen. Siempre digo “si suena, es poesía. Si no suena, no es poesía”.

¿Sobre qué temas te gusta escribir?

Yo me refugio siempre en los grandes tópicos de la poesía universal: el paso del tiempo, el amor, el dolor. Los grandes temas son los que siempre me gustaron desarrollar. Y más ahora mi principal tema es el paso del tiempo dada la edad que tengo y las canas que peino. Mis últimas poesías están muy marcadas por eso: por las pérdidas (la pérdida de mi viejo, por ejemplo, o familiares, amigos que han partido, etcétera). Cuando uno va viviendo va procesando esos grandes tópicos de la poesía universal: el amor y el paso del tiempo.

¿Cómo definirías tu propia escritura?

Yo creo que la poesía es para usar, es algo que tiene que ser usable, como un plato, como un vaso, como un cuchillo, un tenedor: un utensilio. Para usar y para llevar encima “en la cartera de la dama, el bolsillo del caballero”.

¿Qué poetas considerás como inspiraciones?

Mi acceso a la poesía primero tuvo que ver con las letras de rock nacional. No fue por los libros sino por escuchar canciones de Spinetta, de Charly, Miguel Abuelo. Sobre todo Spinetta, que me marcó mucho a los comienzos de mi escritura de poesía. Después entré al secundario y una profesora de literatura me recomienda Neruda y ahí ya empecé a leer libros de poesía. Mi gran influencia, en lo que respecta a los libros, fue Pablo Neruda. Yo lo imitaba. Sobre todo los poemas de amor. Hacía covers de poemas de Neruda, digamos. Y estaba con esa cosa medio romántica en mi poesía. Yo jugué muchos años al tenis y allí cuando te cambian la raqueta (es decir, te cambian el “grip”) te cambian el juego: el que me cambió el juego a mí fue Nicanor Parra. Yo no compraba libros nuevos de jovencito sino que iba a librerías de usados y buscaba al azar. Y compraba al azar. Un día me encontré con un libro de Parra y pensé “uy, este tipo es increíble” y me cambió la forma de escribir y me cambió el pensamiento sobre la poesía. Ahí empecé con la antipoesía. Un poeta que vino inmediatamente después, fue César Fernández Moreno (uno de los hijos de Baldomero Fernández Moreno) que también tenía una onda muy similar a Parra, de trabajar sobre lo cotidiano pero transformarlo en una cuestión metafísica: tomar los elementos cotidianos para hablar de cosas trascendentes.

Un importante carrusel de inspiraciones: pasas de Spinetta, que es surrealista, a Neruda, con una escritura más cuidada y terminás en Parra con la antipoesía.

Desde ya. Dante Spinetta, el hijo, cuando murió el padre dijo “mi papá educó a muchos jóvenes y llevó a mucha gente a los libros”. El disco Artaud, de Spinetta, por ejemplo. Yo no sabía quién era Artaud y ahí me dio una mano para meterme en el surrealismo, después pasar a Bretón, Apollinaire y las vanguardias. Spinetta fue el que me dio la manito para entrar a todo ese mundo.

¿En el mundo del rock te quedaste siempre con la poética de Spinetta o fuiste cambiando con las nuevas bandas?

Mi gran influencia fue Spinetta. En la década del ochenta, más o menos comienzos de los ochenta, había un enfrentamiento muy claro que era “los de Spinetta” y “los de Charly”. Yo siempre fui de Spinetta. Ellos mismos después desmintieron esa guerra y tocaron juntos en el famoso concierto de Spinetta Jade con Seru Giran, en el 80’ u 81’ (que se puede ver en YouTube). Pero bueno, yo siempre fui spinettiano. Charly, por supuesto, lo escuché y me encanta pero siempre fui más de Spinetta. Después, con el tiempo, no me prendí tanto a la onda del rock barrial. Yo pienso que es un mito eso de la generación del 90, con el rock barrial y qué se yo. Lo veo medio mitológico.

¿En qué sentido un mito?

En los 90 tenés un primer noventismo y un segundo noventismo. Yo participé del primer noventismo, que es la revista 18 whiskys, etcétera. El 80% del grupo veníamos de la carrera de Letras. Todos teníamos una formación universitaria basada en libros. No escuchábamos a La Renga, veníamos de una formación puramente literaria. De hecho, un amigo siempre cuenta la anécdota de que lo iba a ver a Durand y decía “pero este tipo tiene todos libros en inglés”. Parece que tenía una biblioteca importante de poesía inglesa y norteamericana. Entonces, eso de la generación del 90 se fue haciendo como un mito. Éramos muy loquitos y muy jodones, barderos… medio “reventaditos”, entonces a veces se confundía un poco todo.

En los 90 ustedes empezaron a hacer un movimiento de ediciones independientes, ¿podés contarnos un poco cómo fue ese momento?

Yo soy amigo desde la adolescencia de Reynaldo Sietecase, el periodista. A Reynaldo lo conocí una vez en Barracas, que hubo un concurso literario donde yo participé y él no me acuerdo si era jurado o qué… cuestión que apareció una vez por el Sagrado Corazón de Jesús, que es una iglesia que está en Barracas, muy linda. Ahí solíamos juntarnos. Él iba y venía mucho de Rosario para acá y paraba en casa. En Rosario había un movimiento poético importante con Sergio Cueto y otros poetas y hacían una hoja de poesía que se llamaba La ramera. Era una hoja oficio doble faz. Yo me inspiré en esa hoja para hacer algo similar acá pero con otro tipo de poesía. Me refiero a La mineta. Esa fue la publicación que los juntó a todos. No se puede llamar “publicación”, realmente: era una hoja oficio en doble faz que se fotoduplicaba y se repartía por todos lados. La hojita volaba por todos lados. Empezamos tres: el poeta Jorge Spíndola (un gran poeta de Chubut), Juan José Pelorosso y yo. Ellos querían hacer una revista típica, abrochada y con lomito y yo les dije “no, hagamos una hoja y chau”. Y le pongo un nombre bastante transgresor, quería romper con lo anterior y hacer una cosa mucho más zarpada, más directa. Se llamó La mineta, el arte de la lengüita. Una mineta, en lunfardo, es un cunnilingus, y el logo era yo sacando la lengua. Los convencí a ellos, porque Jorge es un poeta lírico, social y nada que ver y el otro muchacho era un poeta medio surrealista; pero los convencí de hacer una cosa más zarpada, con mucho contenido sexual, irónico, mucho humor negro. Después empecé a repartirla en la carrera de Letras, en la facultad, y ahí aparece Daniel Durand y me dice “¿Eso es poesía?” y le digo “Sí, es poesía, es una hoja que hago con unos amigos. Nos juntamos los viernes en la casa de Johnny”. “¿Puedo ir?”, me dice. Le digo que sí y cayó con José Villa y ahí ya se empezó a armar la cosa. Después no sé cómo cayó Fabián Casas con Gerardo Foia, que hacían una revista que se llamaba Un huevo y medio (sacaron un solo número). Se prendió también Casas y empezó a venir a las reuniones todos los sábados. Después ya nos juntamos en un bar porque éramos como diez. Después veinte. Después cincuenta. Después sesenta y era un descontrol. Eran sesenta personas repartiendo hojitas por toda la ciudad. Y fue un boom. Entonces inmediatamente llamamos la atención de Diario de poesía, regresó Gelman al país y formamos parte del Comité de Bienvenida, ya estábamos en mesas redondas con grandes poetas, etcétera. Fue todo muy rápido.

Le hicieron la bienvenida a Gelman en el Teatro San Martín ¿no?

Sí, se hicieron unas jornadas, hubo algunos expositores y después la final Gelman leyó poemas y nos hicimos amigos de él. Después iba a la casa de cualquiera de nosotros a charlar, a tomar mate, un tipo divino. Muy tranquilo, muy callado, muy parco. Así conocimos también a Alberto Szpunberg, a Joaquín Giannuzzi. No fuimos una generación parricida, en el sentido de que a los viejitos los respetábamos mucho y los queríamos. Éramos como los nietos de los poetas de los 60.

Hay una cuestión con respecto a las editoriales independientes que empezó a debatirse que consiste en preguntar con respecto de qué son independientes, porque, finalmente, muchas de ellas siguen funcionando con las mismas lógicas que las grandes editoriales sólo que con menor tirada y menor ganancia. ¿Cómo ves vos ese problema con respecto a la edición? ¿Se puede armar otro mercado literario que sea distinto, que tenga otra lógica?

Yo acabo de leer un libro muy bueno, del que hice un comentario para el diario Perfil, que se llama ¿Ídolos o qué? La historia de las revistas de rock en Argentina. Muy recomendable. Ahí Sebastián Benedetti y Ponchi Fernández hacen un recorrido muy completo, extensísimo, desde las primeras revistas de rock que hubo acá en los 60 hasta la actualidad. Allí ves diferentes ideas con respecto a lo que es independiente y lo que no.

Yo soy muy amigo de Daniel Ripoll, el creador de la revista Pelo. Antes de Pelo, Daniel era secretario de redacción de otra revista que se llamaba Pinup. La revista Pinup era una revista pop, podía salir en la tapa Palito Ortega, Sandro o quien fuera. No era de cultura rock. Él se rebela y arma un festival en el año 69, en un anfiteatro que estaba en la Facultad de Derecho, con Almendra, Manal, Los Gatos, Pajarito… bueno, rock and roll. La dueña se enoja y lo echa y ahí nace la revista Pelo. Pidió guita prestada para armar la revista y la revista tuvo éxito. Pero él nunca planteó la revista como algo independiente, él quería hacer un producto comercial. Y lo logró. El dijo “la única forma en que la revista se mantenga en el tiempo es ser profesional”. Y bueno, la revista duró 30 años. Ese es un caso. En el caso de la literatura, el salto de La mineta a la revista [18 whiskys] fue traumático, por lo menos para mí, porque yo quería seguir siendo amateur, digamos. Me encanta lo amateur, en el sentido de la palabra: amar algo porque sí, sin explicación ni consecuencia posterior. En cambio los chicos no. Mis compañeros, Fabián Casas, Daniel Durand, José Villa, Darío Rojo, querían hacer algo en serio, equivalente al Diario de poesía. Yo no estaba tan de acuerdo, por eso mi participación en la revista no fue muy importante. Fue una participación más bien lateral, con algunas colaboraciones. La revista se hizo con el aporte de mucha gente que nos tomó como “los chicos jóvenes”, “las promesas”. Incluso Ricardo Piglia puso unos mangos, puso cien dólares creo. También Villafañe, José Luis Mangieri… hicieron una vaquita para que podamos sacar la revista. Salieron nada más que dos números. El proyecto era dieciocho números dobles pero salieron dos números dobles y ahí quedó.

Con lo que me preguntás de las editoriales independientes, es un largo proceso. A mí me enorgullece que Matías Moscardi en su libro me pone a mí como un pionero con La mineta  de la edición independiente. Pero siempre uno tiene un pie en un lado y otro en el otro. Lógicamente, hacés una editorial y tenés que tener algún rendimiento comercial salvo que seas millonario, o seas un diletante. De hecho, yo hice una revista llamada La novia de Tyson, la hacíamos con Cucurto, el poeta Horacio Fiebelkorn, Martín Carmona (que venía del cine) y Marcelo Manuele (un magnífico diseñador gráfico). La revista la bancabámos entre todos. Estábamos en condiciones económicas de hacerlo.

Ya que hablamos de revistas, además de la revista La perla del oeste que edita la UNAHUR ¿Estás trabajando en otras revistas?

En La perla del oeste hacemos números temáticos y para cada número convocamos a un staff importante. También estoy escribiendo en el suplemento de cultura del diario Perfil, hace muchos años. Sobre todo la parte de poesía pero también hago notas sobre todo. Trabajé largos años en Ñ, en Página/12. También hice radio. Pero generalmente siempre en medios gráficos.

Y tenías un blog, El rey de la Boca.

Sí, pero lo dejé porque viste que los blogs pasaron de moda. Lo mantuve durante varios años pero después lo terminé dejando. Hay un montón de poemas ahí. Tuve en un momento una página web pero nunca supe cómo manejarla. La pagué y todo pero nunca la pude usar. Fue un fracaso mío por impericia.

Teniendo en cuenta que sos un escritor muy variado y constante ¿Cómo te enfrentás a la “hoja en blanco”? ¿Tenés ese problema?

Me divido bastante. Por ejemplo, Fabián Casas no cree en los géneros. Para él es lo mismo escribir un poema, un ensayo, una carta, todo es parte del mismo flujo. En mi caso, en ese sentido me manejo un poco más parecido a Gelman. Yo leía las notas periodísticas de Gelman y no tenían nada que ver con su poesía, era un periodista formal, claro y su poesía era totalmente volada y muy vanguardista. Es como ponerme diferente ropa: una cosa es mi trabajo como periodista, cuando hago entrevistas o escribo comentarios de libros, los ensayos políticos me pongo una ropa y cuando hago poesía me pongo otra. Yo sí creo en los géneros. Me divido bastante. Con la narrativa nunca pude. He intentado escribir cuentos, novelas y no me sale.

Todo lo que estamos hablando con respecto a las revistas y los medios gráficos se puede resumir bajo un concepto que es el de “el oficio de escribir”. Hay una entrevista  a Roberto Bolaño en el programa La belleza del pensar en la que él se refiere al oficio de escribir y al mundo de la escritura como un lugar repleto de canallas en donde uno la pasa muy mal y se hace todo muy difícil. En tu experiencia personal, ¿cómo ves la realidad del escritor hoy?

Soy bastante crítico con respecto a eso. No sé si al nivel de Bolaño, pero bueno. En el número 61 de la revista La guacha, que va a salir ahora (se vende en kioscos), salí en la tapa. Me hicieron una entrevista y pusieron un título bastante duro que dice “En argentina desaparecieron cuerpos pero ahora hay gente que hace desaparecer libros, autores, tradiciones poéticas”. Yo esto lo escribí bastante en las redes y en artículos. Siempre el campo literario y el cultural son campos de lucha. Es un campo de batalla. Y hay un acuerdismo en relación a algunos autores, a algunas tradiciones y se borran otras tradiciones, generalmente relacionadas con la poesía popular. La poesía popular siempre se le baja el precio, como quien diría, y se la mira como de soslayo, como diciendo que es una poesía pobre y demás. Para mí todo eso tiene un origen en la década del 20’ en esa guerra entre Boedo y Florida, en donde hubo un claro ganador que es Florida. Se impuso toda una línea formalista, libresca, por supuesto Borges, Girondo, etcétera. También Tuñon y Olivari, que tendrían que ser de Boedo pero eran de Florida. En esa zona de definición del futuro de la literatura argentina ganó Borges, ganó Florida. Aún hoy a los poetas de Boedo los consideran panfletarios. Pero ahí hay poetas muy buenos. Yunque, César Tiempo. El fundador del “Teatro del Pueblo”, Barletta. Los primeros tangos de Enrique Santos Discépolo que, si bien no era del grupo de Boedo, estaba en la misma sintonía. Todas esas expresiones populares siempre son desdeñadas. De hecho, hay grandes antólogos de poesía argentina y a Spinetta nunca lo pusieron. A Homero Manzi lo empezaron a incluir como poeta hace bastante poco. 

Mirá lo que son las cosas: cuando murió Spinetta, con un grupo de amigos (todos académicos: Sandra Gasparini, Jorge Monteleone, etcétera) hicimos un libro de homenaje a Spinetta. Cada uno tomó un tópico y lo desarrolló. Quedó un libro hermoso que se llama Iniciado al alba. En ese libro, justamente, yo digo que me llama la atención que un poeta como Spinetta no tiene el mismo reconocimiento que tiene, por ejemplo, en otros países un tipo como Leonard Cohen, como Dylan, que fue candidateado siete veces al Nobel (y después lo terminó ganando). Hice otro artículo, que está en el libro de ensayos míos que salió el año pasado, se llama “El premio Nobel de Dylan” porque el 80% del campo cultural o literario de acá empezaron a gritar “¡Cómo le dan el premio Nobel a un rockero!”, me decía un amigo poeta –que no voy a nombrar- “¡Pero cómo, hay un poeta candidato de Haití que es magnífico y se lo dan a Dylan que es un rockero!”, entonces yo me enervé y escribí ese artículo. Porque el premio no era sólo a Dylan: el premio era a Chico Buarque, a Violeta Parra, a Manzi, a Spinetta: a los grandes autores populares del mundo.

Hay actualmente rockeros que han sacado libros de poemas. Spinetta sacó Guitarra negra, Adrián Dárgelos tiene también publicaciones

Sí. De hecho, el artículo de Sandra Gasparini de ese libro que te comentaba es sobre Guitarra Negra. Dárgelos tiene. Moris también tiene. Publicó un libro muy jovencito en el año 67, creo. O 68.

¿Cómo empezaste a hacer entrar en comunión lo que es la poesía y el rock?

Desde siempre. Yo tuve varios intereses, casi obsesivos. Uno es la música. Desde adolescente. En mi casa se escuchaba mucha música. Mi viejo coleccionaba discos. No de rock: le gustaba mucho el bolero y la música paraguaya (mi viejo era paraguayo). En casa siempre había discos de pasta, después simples y long-plays. Él era obrero marítimo y viajaba por todo el mundo, me traía discos de afuera (de Brasil, sobre todo) y yo me fui metiendo en la música por él. Él escuchaba Rafael, de pronto. O Palito. O Sandro. Entonces, en casa siempre había un equipo de música, un tocadiscos. Y después cuando entré al secundario me metí en lo que es el rock, por los compañeros que me prestaban discos. El rock sinfónico es lo primero que escuché. King Crimson, Yes o Emerson, Like & Palmer. Siempre fue una obsesión muy grande para mí el rock. Colecciono discos, vivo comprando discos todo el tiempo. La música en mi vida es fundamental. La otra obsesión es el peronismo.

Tenés publicado el libro “Con el bombo y la palabra” sobre literatura y peronismo ¿Cómo ves en la literatura actual el problema del peronismo/antiperonismo?

Es un problema bastante jodido. Pongamos a Borges como parámetro. Borges es la presencia constante entre los escritores y en la cultura argentina. Está Messi, Borges y Perón. Y Maradona, por supuesto. Se pueden agregar más, desde ya. Pero en el caso de Borges, es demasiado. La gente que maneja esas narrativas bajando la línea de Borges, o haciendo “operaciones-borges” en el campo cultural siempre tira bajo la alfombra las cuestiones ideológicas de Borges, tanto de su pensamiento político como de su literatura. Eso yo lo analizo muy en profundidad en mi libro. De hecho, Borges es el gran matricero de la literatura antiperonista. Por ejemplo, escriben “La fiesta del monstruo” con Bioy Casares (que lo firman como Bustos Domecq). Lo escriben en el año 47. Era un texto claramente opositor fuerte y de desacreditación del peronismo. El cuento es atroz.

Otro problema es la cuestión del panfleto. Conozco a un chico que es militante de izquierda y me dijo un día “yo escribo poesía política pero nunca caigo en el panfleto”. Si haces poesía política necesariamente sos panfletario. El panfleto tiene muy mala fama en el mundo literario. “La fiesta del monstruo” es un panfleto. Neruda escribe en el 71 o 72, un año antes de morir (y un año antes del golpe) “Incitación al Nixonicidio y a la avanzada de la Revolución Chilena”: es un panfleto maravilloso. Lorca escribió panfletos. Los escritores escriben panfletos, no es algo malo. Pero en la cultura argentina es algo mal visto si lo usas. Es como algo que va en contra del arte, y no es así. Yo he escrito miles de panfletos y no me arrepiento porque surtieron un efecto. Y digo esto relacionado con Borges porque esa pregnancia que tuvo Borges hace olvidar que, por ejemplo, escribió “El simulacro”, “Ragnarok” o aparece en el Borges de Bioy diciendo que los peronistas son como los gatos, que vomitan y comen su propio vómito. Mucha gente lo ve a Borges como un santo y el tipo aceptó declaraciones de Pinochet, bendijo a la dictadura militar, se sentó a comer con Videla y dijo “este es un gobierno de caballeros”. Después te dicen que se sentó en el juicio a las juntas y apoyó a las Madres. Pero bueno, fue un gesto. Él siempre fue un antiperonista vitalicio (esa es una frase de Martín Kohan). Nunca renegó de su antiperonismo. Cortázar sí. Hizo una autocrítica fuerte. Pero bueno, el Cortázar del 50 hizo cuentos que son terriblemente antiperonistas.

Cortázar, en general, nunca fue muy crítico de su propio antiperonismo, hasta donde yo sé. Su vuelco fue más a la Revolución Cubana que al peronismo.

Sí. Pero, por ejemplo, Cortázar viaja a la asunción de Allende y en Ezeiza lo encuentra a Paco Urondo que le pide una entrevista. En esa entrevista Cortázar dice que se arrepiente de los cuentos que escribió en aquella época, que estuvo muy exagerado con la concepción que tenía del pueblo peronista. Hace un mea culpa.

También, digamos la verdad: Borges sufrió el peronismo. Su hermana fue detenida, su mamá también. Tuvieron prisión domiciliaria. La hermana estuvo presa un par de semanas, creo, con Victoria Ocampo. Fue degradado cuando lo sacan de la Biblioteca y lo nombran Inspector de aves.

Tengo todos tus libros de poesía acá. Te propongo que elijas uno de ellos y me hagas un comentario sobre el libro

Yo sin dudar elegiría mi primer libro Culo criollo. Yo publiqué de grande, digamos, porque, en mi generación por lo menos, si vos eras un poeta debutante tenías que pagar la edición. Ahora no se si cambió tanto. Creo que si ya no sos debutante la tenés que pagar igual. Lógicamente, mi viejo me bancaba de adolescente pero para lo que me alcanzó era para poner un poema en una antología. Había un editor que se llamaba Santiago Rueda y publicaban unos avisos en Clarín, qué se yo, y yo entré como un caballo, me sacaron un montón de guita para editar un poema… No sé si salió el libro, de hecho. Era una estafa eso. Pero bueno, pasaron los años, hice La mineta, etcétera. Ya era un poeta conocido pero sin libros. Edité recién en el año 99/2000 y salieron casi simultáneamente Culo criollo, por la editorial que tenía Santiago Llach en ese momento, y That’s amore, por Ediciones Del Diego, que era la editorial que tenía Durand. Pero Culo criollo siempre es un libro que lo tengo presente. Sobre todo ese poema homónimo que fue elegido uno de los cien mejores poemas del siglo XX.

En ese poema digo muchísimas cosas porque, cuando asume Menem, como peronista yo sufrí una gran frustración. No sólo yo, sino todos los peronistas que lo votamos. Menem le ganó la interna a Cafiero, que tenía a su favor todo el aparato del partido. Yo lo voté y el tipo a la semana decía que si contaba lo que iba a hacer no lo iba a votar nadie. Después se junta con Sofovich, con María Julia Alsogaray, con la UCeDe. Para mí era tremendamente doloroso. Era como te claven una espada en el corazón. El abrazo con el genocida Rojas. Fue duro. Ahí escribo “Culo Criollo”. Expreso ahí esa nueva sociedad del menemismo. La gente que tenía trabajo que la pasaba bárbaro y la gente que quedó sin trabajo, que quedaba en la ruina. Algunos se suicidaron, otros se pusieron un kiosco, sobrevivieron como pudieron y toda una franja de la población quedó desocupada y en la pobreza absoluta mientras una clase media que más o menos pudo mantener sus laburos disfrutó de la plata dulce de la democracia. Entonces, en “Culo criollo”, veo todo eso como una guerra de culos: están los culos perfectos, diseñados en gimnasios, y los culos deformados por los asientos derruidos de los colectivos y los trenes, el culo de la trabajadora, de la obrera frente a ese diseño perfecto que imponía el menemismo de una sociedad feliz.

Sos de ir a leer mucho tus poesías a distintos lugares ¿Qué consejo le darías a un poeta para mejorar su lectura en público?

Un consejo para los chicos que nunca leyeron en público es ir convencido de lo que uno tiene para leer. Estar convencido de lo que uno tiene y de lo que uno hace. Eso es un consejo para cualquier artista. Uno siempre tiene que tener una seguridad en lo que hace. Teniendo esa seguridad uno se para y listo. Tal vez te cuesta la primera vez, la segunda; yo recuerdo que la primera vez que hice una lectura en público fue en una galería de arte en Avellaneda. Yo iba a un taller literario en la sede de Racing Club. Yo soy de Independiente, imaginate… Estuve como dos años. Y un poco de miedo tenía. Después, de a poco me fui acostumbrando a leer. Yo siempre hago una cosa escénica. Por ejemplo, en la presentación de mi libro [¡Ponele música!] hace un par de semanas estuve con unos músicos en el escenario que iban tocando mientras yo leía, me disfracé de presentador (de mí mismo), en fin. Salió todo muy lindo.

Para cerrar, contame la anécdota más bizarra que te haya pasado en una lectura en público.

La más bizarra… bueno, por allá por la década del 90 yo me había separado un poco de 18 whiskys (había muchos egos, muchos machos alfa, como todos escribíamos más o menos bien y ya éramos todos conocidos). Estaba medio alejado de ellos, estaba medio desengañado. Con Héctor Urruspuru (que nos presentó un amigo en común), un tipo de dos metros, me dice “mirá, conozco un bar que la cerveza vale dos pesos”. Él tenía un laburo normal en Telefónica. Y bueno, fuimos y nos tomamos veinte y nos quedamos amigos para siempre. Y me dice “Mirá Rodolfo, a mí me gustaría hacer un ciclo de poesía y un amigo tiene un boliche en San Telmo, un compañero mío de Telefónica. Y lo tiene vacío el lugar. Y nos da el lugar para que hagamos lo que queramos”. El lugar era impresionante, se llamaba “El arcángel”, todavía está (no sé si en funcionamiento) en Brasil y Bolivar, a una cuadra del parque. Ahí tocaban bandas de rock. Tenía un escenario impresionante, mesitas, sillas, una cabina para el disc-jockey. Y el tipo me dice “es nuestro”. Se me empezaron a ocurrir un montón de ideas. Ahí yo musicalizaba, hacía una lista con el disc-jockey. Ponía música de Frank Zappa, toda música distorsionada, ruido y la gente me miraba como loca. Al principio fueron veinte personas y empieza el boca a boca. De pronto aparecen Gabriela Bejerman, Santiago Llach, que era el futuro noventismo. Y se armaba el cachengue. Terminaba la lectura y después era como un “Solos y solas”, se formaban parejas ahí. Era un descontrol. Teníamos canilla libre de whisky, terminábamos re en pedo haciendo cualquier cosa. Y en el fondo había una pantalla y en esa época yo ponía películas de Russ Meyer y John Waters sin avisar. Y Russ Meyer es un especialista en tetas, son todas minas en tetas con tetas enormes, en moto, con asesinos, todo. Y de pronto iba gente muy tranquila a leer, leían sus poemas y qué se yo y de fondo había una teta y la gente se cagaba de risa. Venían a veces poetas serios, que no eran jodones, y me puteaban después, se enojaban. Lo hicimos como nueve o diez meses. Después aparece Martín Carmona y empezamos a hacer cortometrajes para pasar ahí, aprovechando la pantalla y yo era el actor principal siempre. Y Héctor se ponía celoso porque le sacaba protagonismo. Entonces un día agarra, en el medio del ciclo, yo estaba con un vasito de whisky y me dice “Rodolfo el ciclo es tuyo”, muy afectado. Y yo primero le tiro el vaso de whisky a la cabeza y él lo esquiva. Y agarra una mesa y me la tira  (un tipo fornido, de dos metros). Y la gente se cagaba de risa pensando que era un sketch. El tipo se fue y no apareció más. Después de todo el quilombo, Héctor arma el ciclo “Maldita ginebra”, que arrancó en el 98 o 99; todavía se sigue haciendo. Con Héctor nos reconciliamos enseguida. Es como el hermano que no tuve. De esas ajetreadas e inolvidables noches sale el proyecto de La novia de Tyson.

De La novia de Tyson te cuento una sola, porque hay miles. En esa época, con Cucurto, nos hicimos amigos de Ana Wajszczuk y ella conocía a un montón de gente. Nos decía “yo les voy a conseguir todo para el show”. Hicimos un show en una discoteca que se llamaba “Pabellón 4” ahí en la calle Uriarte, un lugar divino con luces y todo. Y la chica empezó a pasar con unas pibitas que de onda se disfrazaron de conejitas de PlayBoy. Ahora estaría canceladísimo todo eso. Iban con bandejas con la revista de La novia de Tyson ofreciéndola al público. Armamos un ring donde los poetas subían a leer. A todo esto, Cucurto hizo como que boxeaba con una boxeadora. Y Cucurto no sabía que la mina era una boxeadora profesional. Le dijimos “cagalo a trompadas” y la mina lo cagó a trompadas a Cucurto. Él decía “me pegó de verdad”, nos cagábamos de risa. Y de pronto, Fernando Molle sube al escenario y en un momento dado tenían que bajar la llave de la luz. Y justo fue cuando estaba leyendo él. Calculamos mal, tenía que ser con otro poeta, creo. Entonces, se apaga la luz y por el pasillo de la discoteca entra una moto con las luces bien altas y estaba una mina vestida de novia (que era la novia de Tyson) y el de la moto hace como que la secuestra, la sube en la moto y sale entre la gente. Esa fue una de las más locas.

Fotografía por: Jimena Zaracho

Rodolfo Edwards (Buenos Aires, 1962) es una de las voces más representativas de la generación del 90. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, poeta, ensayista y periodista cultural.

Entre sus trabajos más destacados se encuentran Culo criollo (1999), Mingus o muerte (2009) y El campeón del baile suelto (2019). La editorial Eloísa Cartonera editó en el 2016 La épica del movimiento continuo, su obra poética reunida.

Participó de publicaciones importantes como La Mineta18 whiskysLa novia de Tyson. Organizó ciclos de lecturas y perfomances que tuvieron amplia repercusión en el campo cultural.

Dicta “Literatura y discurso político”, un módulo de posgrado en FLACSO e “Historia del rock nacional” en la Universidad Nacional de Hurlingham. En dicha universidad también tiene a su cargo la revista La perla del oeste. Colabora regularmente en el suplemento de cultura del diario Perfil.

Ilustración de entrada: Serie 1968: el culo te abrocho (1968) por Roberto Jacoby