Ilustración de entrada: Aquel hermano loco de Theo (1963), Rómulo Macció

La forma del poema y sus cortes de verso pueden verse alterados en la versión para celular

Poemas de Santiago Alassia

de Hueco en el mundo (Baltasara Editora, 2015)

Yuri Cásperats

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
detrás de la montaña de tus párpados hay sol.
A veces dependemos del milímetro de luz
que cuelga desde el vértice de un techo que no existe
aunque podamos tocarlo como a un dios verdadero,
con dedos trabajosos, con miedo y humedad.

No siempre amanece, dijo Cásperats, yo mismo
tardé para arreglar las cuentas con mi padre.
Sentado junto al catre en el que agonizaba
cuidé su piel pacata lavándolo despacio,
haciéndole masajes en el pecho sudoroso
y oyendo sus delirios de viejo pescador
hasta que al fin, ya casi moribundo,
pidió tomar café y fumar un cigarrillo.
Yo mismo hice caer café caliente en su bigote
para verlo abrir los ojos como última señal.

No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
la borra del café nos empantana en su negrura.
El día en que los otros tapiaron el perímetro,
la ínfima parcela en que debía acurrucarme,
salí despacio a caminar sin miedo y sin expectativas.
Dijeron: ahora que tu padre ha muerto finalmente
deberías encontrar una mujer, un buen trabajo,
un ocio confortable y hacerte una familia.
Yo escuché esa lógica con cierta admiración
y antes de salir me detuve a ver las grietas
que llenaban las paredes de la pieza de mi madre:
un ejército avanzando como una enfermedad.

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
resulta soportable la vigilia de los hombres.
Después de abandonar la chatura de la pampa,
su reparto previsible de tamaños y funciones,
anduve por ignotos parajes de montaña.
Vi unos hombres quietos fumando en el umbral
de una cabaña de madera, sin nada que decirse,
rodeados de una calma lunar de tan porosa,
vi pequeñas piedras con gotas de rocío
y una hormiga sola prendida a una naranja.

No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
el puro parpadeo se vuelve una ecuación
pesada como el día que sentiste, siendo niño,
las ganas de tajear el aire o la pantalla
y todo lo de afuera se empezó a desmoronar.
Así fue que mi vida se inclinó hacia lo minúsculo,
eso que no deja de agitarse y tambalear,
el panorama lánguido que oímos al nacer
en esta permanencia que da el desplazamiento:
de ley a hoy, de amor a terrenal como baobab
sin adherencia, como neblina,
de hogar a suceder como zumbido o vibración
en el ahora, la zona sin apoyo
entre los ojos del que mira
y lo mirado: nadar
no es algo sólido,
el río no obedece.

No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
tenemos el valor de acomodar una palabra,
no siempre vemos claro ni piedra sobre piedra
con esa transparencia de la respiración
o la continuidad con que se hace la ceniza.
No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
al mínimo contacto se cae un edificio.

I

Llega un día en que se apaga todo ruido del afuera. Ese día
no es grande ni solemne. No hay misterio. Se instala
como un pájaro tranquilo que pudiera bostezar
parado en una rama, después del vuelo diario.
Hay algo más: en la negrura de la noche
una hormiga sale de entre los escombros
y cruza el piso irregular. Va rápido,
su marcha es segura aunque cada tanto
parece otear el panorama, y entonces
cambia de dirección. Hasta que llega a un punto
en que se paraliza. Y allí se queda,
no muerta pero inmóvil,
se diría que por siempre.
Un punto como cualquiera.
A partir de ese momento
no hay rama ni relato que soporte,
nadie habla,
no hay bostezo del pájaro ni almohada que usáramos de niños,
no hay recuerdo de rápidas patitas
ni ganas de correr buscando un haz de luz.
Lo que hay es sólo un punto abstracto,
el punto imbécil del espacio en que la hormiga se detuvo.

de magún magún (Editorial Palabrava, 2019)

Abuela cose bolsillos nuevos en su batón por si las cosas

Mi abuela escondía pan entre su ropa,
naranjas a medio pelar, torrejas,
caramelos. Había que estar muy atento
para enganchar el instante en que su mano rápida
guardaba el alimento en un rincón del envoltorio
de telas como pieles con que se cubría
el cuerpo frágil. A veces
se le notaban pequeños bultos
entre las capas superpuestas de la blusa,
el batón, la mañanita, el saco, la pollera.
Nadie decía nada cuando la veíamos irse
medio rengueando, apoyada en su andador,
y se le caía una papa, un caramelo, un pedacito
de banana, todas cosas que los perros
limpiaban enseguida con sus ávidas lenguas.
Cuando quedaba encorvada en su sillón
de media tarde, en la galería,
con las mejillas chupadas y los ojos cerrados,
sabíamos que también la dentadura
postiza dormía entre su ropa.

Mi abuela escondía pan, no por hambre
ni robar: su madre le había hablado de explosiones,
de lo que son capaces los hombres cuando están acorralados,
de los males que sufre el que mastica una raíz,
del regreso imposible de su padre entre la nieve
y de cómo es cada día una batalla
que se guarda en un pedazo de pan duro.

Mi abuela escondía pan entre su ropa:
acaso algo difícil de nombrar
la acechaba en sus últimos años
y la impulsaba a guardar para después,
guardar para tener para después,
por si las cosas, por si la mala
combinación de elementos del azar
se empecinaba en volver
y la abrazaba.

Niño Vladimiro se despierta y pone un pie en la luna

Un amigo de mi padre tuvo el sueño
de ser astronauta.
Corría la mitad del siglo veinte
y alguien en el pueblo le había dicho
que para ser astronauta había que ser alto,
hablar en ruso y saber contar hasta infinito.
El amigo de mi padre se llamaba Juan Manuel
pero un día en la escuela empezó a decir
que su nombre verdadero era Vladimiro.
Con pedazos de madera, una lupa y vidrios viejos
el niño Vladimiro fabricó un telescopio:
decía que el alcance de su invento
era solamente hasta Saturno.
A escondidas de la voz de los mayores
mi padre y su amigo Vladimiro
buscaban ver estrellas y planetas remotos.
Después consiguieron un manual de álgebra
y aunque no entendían ni jota
copiaban ecuaciones que repetían de memoria.
El niño astronauta quería construir
una nave espacial. Había decidido
la fecha en que saldrían volando hacia la luna.
El pueblo se despertaría estremecido a medianoche,
los vería cruzar el aire quieto de la plaza,
bordear el campanario de la iglesia y remontar
como una estrella más en el cielo negro.
Saldrían en Sucesos Argentinos, y la Paramount
haría una película contando aquella hazaña.
Pero el padre del niño Vladimiro
era carpintero y se reía
del sueño de su hijo.
Le dio una gran paliza
la tarde que encontró sus artefactos
escondidos en el techo de la casa.
Luego de tirar todo a la basura
dio a su hijo una lección
de vida pueblerina:
usté tiene que poner
los pies sobre la tierra
y venirse mi aprendiz de carpintero.

Mi padre contaba esta historia de su amigo
en las sobremesas de verano, ante la larga familia
sentada alrededor de las sobras del asado.
Los niños de la casa preguntábamos
si habían visto alguna vez el anillo de Saturno.
Lo que se veía era un blanco redondel,
decía mi padre, y nosotros festejábamos,
pero él nos detenía con una negación
de su cabeza: seguramente aquello
no era más que una mancha de humedad,
otro error de cálculo del pobre Vladimiro.

La historia del amigo con delirios espaciales:
así se refería mi padre en su relato.

Para él estaba claro que su amigo estaba loco.

Yo pienso ahora que tal vez
esa demasiada claridad fue su obstáculo invisible.

Debajo del canto del pájaro del corazón

Todavía me recuesto a la sombra
del eucalipto, para escuchar al pájaro
que no se deja ver pero canta
como si rezara muy bajo una oración
que sólo él comprende. Dicen que tiene
el pecho gris y las alas celestes,
que no hace como el hornero una casa
ni es como el benteveo que grita,
y aunque nadie lo ha visto, lo llaman
el pájaro del corazón: anda siempre cerquita,
casi pegado a uno, como una voz
que corre detrás de lo que hablo
y me muestra ese otro ruido de mí:
la tierra que nadie pisa, la última ropa
que me pruebo antes del río,
antes de caer y quedar náufrago
en esto de ver sin tener adherencia
en las tantas cosas que llegan al ojo,
la maldición del muy despierto:
pedazos de vidrio que trago bien, solo.

Y todavía estoy en esa sombra
porque así me decían las tías del campo:
vaya a estarse un rato atrás del eucalipto
a ver si le saca ese pájaro
su aburrimiento del mundo.

Santiago Alassia (1979, Rafaela, pcia. de Santa Fe). Escritor, actor y docente. 

Escribió y dirigió las obras de teatro “Hermanas Victoria” (2007), “Atacar” (2009), “Orden del día” (2009), “Fanto” (2010), “Serie de elementos” (2013).

Publicó la nouvelle “Versiones de la tan sombra” junto a Matías Aimino y Franco Rosso (Ediciones Prima Liter, Rafaela, 2009); los libros de cuentos “Por lo bajo” (1er premio Fondo Municipal, Rafaela, 2017) y “No es lo suficiente” (Premio Provincial de narrativa “Alicedes Greca, 2020: Santa Fe Cultura Ediciones, 2021) y los poemarios “Hueco en el mundo” (Baltasara Editoria, 2015) “magún magún” (Palabrava Editorial, 2019)

En 2025 obtuvo el Premio Provincial de poesía “José Pedroni” por su libro “En la cámara oscura”, que será editado en 2026 por Santa Fe Cultura Ediciones, dentro de la colección “Los Premios”.

Entre 2018 y 2020, junto a Cintia Morales, desarrolló el proyecto cultural educativo “ViajaPalabra”, uniendo viaje y escritura, llevando obras y talleres de teatro y de poesía a escuelas rurales y espacios culturales alternativos de Argentina, Bolivia y Uruguay. 

Actualmente se desempeña como docente universitario y como coordinador freelance de talleres, clínicas y seminarios de escritura creativa.