Del libro Soy la que lleva mi nombre (Quinta feira ediciones, 2022)
Milagro cotidiano
Entre la tierra y el cielo
hay una cinta de trigo
que bato como bandera.
Milagro cotidiano
que me invita a contar
con cuatro dedos:
el cielo azul y cascado,
mi árbol tallado,
el lugar donde se esconde
el trueno
y, detrás de las ventanas
que se abren,
el fruto redondo de la luna.
Herencia
Detrás del corazón
llevo
un punto de luz.
Herencia de cuna:
alas, alas, alas.
Alas que llevan
en los ojos
el verano
y las líneas
de la miel,
fuera del agua;
que bordean
los naufragios
cotidianos,
que se escurren
bajo los troncos
tapiados del río,
que se entibian
en el cobijo amable
de otras manos,
que se habitan
con los versos,
y reversos
de los días,
que recrean
las sombras
en antorchas,
que balancean
la risa abierta
y que se apagan
ante el dolor.
Hablan de mí:
cualquiera
lo sabe.
Esas pequeñas cosas
Las cosas tienen rincones,
color deshecho en el aire
y un frasquito chispeante
para atrapar el sol.
Tienen pliegues,
hendiduras,
retama y cuna,
papel en blanco,
acorde y peso.
Suceden con un rumor
siempre blanco sobre el vidrio
o en el temblor de un beso.
Huelen a madera,
están hechas de viento,
laten sobre la mesa,
se vuelven encantadoras.
Cantan, elogian, resisten.
Se dejan querer.
Las cosas se hacen visibles
de a poquito
para no romper la magia
ni la blandura del territorio,
ni el gesto tan delicado
de la intemperie.
Descorren la línea entre
el sueño y la nada.
Con ellas
escribí mi nombre en las paredes,
viví con los ojos abiertos,
esperé de pie.
En el reborde
de esas cosas,
fui.
En el reborde
de estas cosas,
soy.
Pasaje de vuelta
Soy de donde
silba el viento
hecho rumor
con toda la luz
sobre los hombros.
De donde ruge,
se encabrita
y se silencia.
Soy de donde
el cuerpo cede
cuando la tarde
se desploma
por el noroeste.
La veleta
se avienta,
los minutos gotean,
el sol se desnuda,
la noche se agota
y yo,
nuevamente
en casa.
Sentidos
Mira a los ojos,
se hilvana en la duración
de cada escondite.
Se mueve desde un rostro
que calla
hacia un destino
que tiembla.
Huele.
Huele el movimiento
de pájaros en las manos,
el dulzor de las palabras cortas.
Con esa misma voz
y con sus ojos,
que estrechan y agudizan,
siempre se aprende
a pronunciar
y a mirar el mundo
todo de nuevo.
Telo né
Me arriesgo
a ganarle la tarde
a la oscuridad
y a desatar
su tembladeral
de luz para que
me entiendas.
Telo né, te digo.
Y el nogal
es otra orilla
que nos salva.
¿Nuez?
Te digo que sí,
sonreís
y te quedás
cobijada
en mi intemperie
sacudiendo miedos,
con un corazón de pájaro
entre las manos.