Reseña de “El cuerpo dormido”, por Lidia Rocha

 

La videncia de lo incognoscible en la poesía de Misael Castillo.
Un texto de Lidia Rocha sobre el libro El cuerpo dormido

 

“Ahora, me estoy involucrando al máximo. ¿Por qué? Quiero ser poeta y trabajo para hacerme vidente: no lo entenderás en absoluto, y apenas podría explicártelo. Se trata de llegar a lo desconocido…”
Arthur Rimbaud, Carta A Georges Izambard, 13 de mayo de 1871

 

Digamos que la ciencia nos ha apartado de conceptos tan antiguos como “alma” o “espíritu”. Cuando alguien muere decimos “descanse en paz” o “vuele su alma al cielo” sin demasiada convicción.
Los sepamos o no hemos creído en las palabras que pronunció Epicuro siglos atrás: “¿Para qué preocuparme por la muerte si cuando la muerte es yo no soy?” O dicho más prosaicamente “Con la muerte, todo se termina”.
El catolicismo (y otras religiones) ofrece un consuelo para el futuro tras la muerte, una posvida que puede ser más más o menos feliz, por ejemplo, cuando Dios venga a resucitar a los muertos y se decida su futuro en el Paraíso, el Limbo o el Infierno.
Ninguna religión actual que yo conozca se hace cargo de los espíritus. No hay hoy en día lugar ni en la razón ni en la religión para las “almas” o los “espíritus”. Se los considera superstición, proyecciones del yo, alucinaciones.

Así no era ni es en las creencias populares más arraigadas a la tierra y menos a la razón.

En Paraguay, donde Misael residió algún tiempo, circulan esas creencias. Los espíritus de los niños muertos, abandonados por sus padres, o asesinados en la guerra que Argentina, junto Brasil y al Reino Unido, hicieron contra Paraguay, los espíritus de los niños muertos —decía— se aparecen aquí y allá.
Dicen en Paraguay que hay espíritus de niños que siguen aquí tras la Batalla de Acosta Ñu. También hamacas que se mueven solas en las plazas. Risas de niños que fueron grabadas en un vacío Palacio de Justicia.
No conozco mucho de la cultura de Paraguay, pero sí recuerdo otras creencias ligadas a la tierra, las de los romanos, los de la Antigua Roma, que es una de las madres de nuestra cultura. Los romanos tenían una visión tripartita de la muerte.
Así lo dice Ovidio: “Terra legit carnem tumulum circumvolet umbra, Orcus habet manes, spiritus astra petit”[1].
Traducido quizás da menos miedo: “La tierra posee la carne, la tumba la envuelve con sombra; El Orco guarda las almas de los muertos, el espíritu busca los astros.”
O sea, “La tierra recoge la carne” (es decir, el cuerpo vuelve al suelo). “El Orco (el Hades, el inframundo) tiene a los manes” (que son las almas de los difuntos).  “El espíritu se dirige a las estrellas” (ascenso del alma a lo celestial).

Pero cuando el cuerpo vuelve al suelo “La tumba lo rodea con sombra” / tumulum circumvolet umbra. Esa “umbra”, esa “sombra” es la que se aparece a los humanos todavía vivos.
Tales creencias latinas aparecen en inscripciones funerarias de las épocas antiguas y en la bibliografía de la época.
A mí estas cosas me dan miedo.
Misael, en cambio, se sumerge en la ultratumba e inicia allí un diálogo desigual y temerario entre dos hermanos. Uno de ellos ha nacido, vive, es de carne y hueso. El otro estuvo, aunque poco, en la tierra y murió sin haber nacido (¡vaya paradoja!), es el nonato, el hermano muerto, una sombra.

¿Por qué escarbar allí, Misael, donde los ángeles se detienen?

El poeta ingresa a ese mundo de la noche más oscura para traernos de allí el grito de un niño muerto.
Condenado a limpiar la tierra con sus huesos, el nonato aguarda en vano que alguien lo reviva. El frío golpea como una cascada en su sangre. Todo le fue negado (el rugido de la lluvia, el tacto del viento), sin embargo, puede oír en la tierra a la hierba que canta. Sin embargo, hay alguien que lo está esperando.
En esta épica sublunar hay entonces una familia. Están los padres, que lo quieren tan hermoso como al hermano vivo. La hermana que puede lavarle sin prisa la espalda a la muerte. Y el hermano con quien sostienen juntos algodones y vidrio molido. El hermano que sabe que él vendrá a mirarlo desde lejos.
Y la sombra, el nonato, cuando hable por fin ¿qué dirá? ¿Encontrará palabras de este mundo para quejarse por no haber visto nunca mariposas ni luz del sol? ¿maldecirá al hermano vivo? ¿tendrá compasión por el tembladeral que le ha dejado de herencia?

Estuve parafraseando las palabras de Misael para que paladeemos las sutilezas de su idioma, que vislumbremos un poco su videncia poética que le permite aventurarse a lo desconocido, con el lenguaje como única herramienta.
“El cuerpo dormido” no da cuenta de una sesión de espiritismo ni de otras brujerías sino de la capacidad de trascender lo vulgar y ofrecer “formas” de comprender el mundo, apelando a los sentidos y a la experiencia interior.
Dicen que esto no se puede lograr sin que el poeta se deje poseer por la poesía, es decir, sin que se ofrezca a sí mismo para que una voz sea revelada. 

 

[1] Esta cita fue tomada del libro de Marion Berguenfeld “Rapadas” (Ibuk ediciones, 2024).

 

Selección de poemas

 

busqué muerte más digna que la suya pero no hubo

antes de que la vida
calmara    el peso propio
en las flores de su féretro    había
batallado    contra todo

no retrocedió

no lo tocó la lluvia
con su pequeño rugido voluptuoso

no probó el tacto del viento
cuando hace
rompiente    sobre el rostro

sólo conoció
por completo    la llana
espesura del silencio

y sin embargo en este
jardín    donde sus huesos
trabajan    con ternura
la tierra
la hierba canta

 

cuando los muertos irrumpen en la mente se inquietan

reposaba
en el aire de frente
a una llanura
de luz tersa y piedra

cuando cerró
los ojos    el mundo
le cubrió los huesos
con un animal
repleto de vergüenza

reposado en el aire esperaba
que alguien lo busque
y lo reviva
o lo apuñale    que alguien
por fin le dé su lenta
calculada redención

sin embargo
nadie lo buscaba
le pesó nada el cuerpo
no le fue difícil
comer su propio
corazón    aunque temblaba

 

lo que dura la oscuridad

ingreso al mundo
con la lengua de la noche
abriendo su mano
mansa     por mi espalda
no sé cuánto dura
la oscuridad    en el temblor
ligero de la infancia
pero se acaba
porque sí se acaba

porque la fuerza del manto
que sostiene la noche
encuentra nada
a qué aferrarse

y aunque resista
después de todo la voluntad
es un segundo y otro
y luego el cansancio
el desmembramiento
la pesadez

yo hablé
una vez sola y dije
—mi grito será
el de un niño muerto—
y nadie dijo nada

 

el olvido es una forma del amor

y en ese momento
solo    el corazón
tenías    en las manos

y lo cuidabas    como una
mascota desgraciada
cuida    los huesos que mordió

en ese pequeño plato
de vísceras hundías
piedras que lavabas
hasta dejarlas
tibias
relucientes

necesito por igual
esa luz y esa tibieza:
debés saberlo
es letal    el frío
que golpea    como una
cascada    en mi sangre

correremos juntos
cuando el nuevo    tiempo
así lo determine

sólo entonces sabrás
lo fuerte y lo débil
que soy

 

filiación en la vida y en la muerte

vi las palabras
en tu boca    tus ojos
desvalidos    tus extremidades
de nylon cuando
empezaste a cavar
la fosa severa    donde
dejar tu árbol dormido

nadie más vio
esas facciones hermosas

nadie quiso

dame entonces    vivo
el cuerpo    que camine
como una hormiga
sobre mi piel
o no lo des

dame tus armas    que aquí
nuestros padres esperan
que sea hermoso
como el hijo vivo
que sea hermoso
e                                         implacable
como el hijo muerto

 

un animal que come desde adentro el corazón

aunque no conocía
el valor de las palabras
cuando deltan inmoladas
le dijeron
—tendrás la boca inútil—

entonces
no dudó    en atravesar
el vidrio    punzante
por su lengua innacida

y como nombrar    alcanza
para nada    dejó
que la voz se le haga
bestia en el silencio

metió todo el mundo
en su corazón
y durmió

pero yo lo vi
amansar un animal 
y otro
y otro

 

las primeras palabras del nonato

vas en el aire tibio
la carne despierta
entre un padre y otro

suavizado
riguroso
el ropaje que te abriga

ves la luz    las mariposas
la madera quebradiza
el suave perezoso    tacto
de la piel lunar

yo no tuve esa suerte

yo vi
el mar    desde adentro
y guardé un continente
entero    en mi corazón

te juro
un continente entero
pesado
y riguroso

 

el nonato revela su impotencia

aprendí lo importante
como el agua que pasa
y moja nuestros pies
dejando su frescura
o turbiedad

en el punto cúlmine
llamé a todos
pero nadie puede
venir desde tan lejos

nadie puede 
cruzar el lenguaje
la forma
el sonido
por completo

 

 

 

Biografía

Lidia Rocha nació en Trenque Lauquen (provincia de Buenos Aires). Es profesora de literatura, diplomada en Ciencias del Lenguaje. Publicó en poesía “Aves migratorias” (Ediciones del tren, 2006); “Roma” (La Mariposa y La Iguana, 2010); “Así la vida de nuestra primavera” (La Mariposa y La Iguana, 2016); “Soltar la casa” (La Mariposa y la iguana, 2020); “Hechicerías” (Sigamos enamoradas, 2024). En ensayo publicó “El lenguaje del amor en la poesía de San Juan de la Cruz”. Formó parte del plan de lectura “Leer es crecer” de la Subsecretaría de Cultura de la Nación. Realizó el ciclo Poesía en el Living de Recoleta, junto a Susana Szwarc. Colaboró con Inés Manzano en la realización del ciclo de poesía Interiores. Poetas del país e Interiores. Poetas de Latinoamérica. Realiza, con Gerardo Curiá, el encuentro literario Literatura Viva y el programa de radio Moebius.